Este relato de viaje por Japón pone el foco en la robótica, la virtualidad y la sexualidad: el cronista se aloja en un hotel atendido por robots, recorre el país por segunda vez, durante cuarenta días, durmiendo en hoteles cápsula; asiste al campeonato mundial de fútbol de robots, visita una universidad de robótica y una smart-house, y se sumerge en el submundo del ocio para solitarios y la tecnoerotización de la vida a través de muñecas y hologramas. Luego se acerca a la cultura pop del cosplay, el manga y el animé. Y tiene la sensación de alunizar.
Llegado a cierto punto, el caminante se detiene a pensar por las noches encerrado en hoteles cápsula: necesita conectar con lo subyacente y reactivar la mirada leyendo la obra del filósofo Byung-Chul Han. Y sufre un choque cultural al ver que, detrás de lo visible en la hipermodernidad japonesa, late una sacralidad milenaria configurada durante mil quinientos años, con una lógica muy potente, distinta a la del tecnocapitalismo occidental. Recorrer las ciudades japonesas es atravesar una distopía arcaico-futurista, una superficie high-tech bajo la cual perviven la raíz animista de la naturaleza del shinto, la impermanencia del zen y la ética samurái: Japón no es tan moderno como parece.
Detrás de un holograma humano y de una lolita del J-Pop, late una deidad; bajo el hotel cápsula hay una casa medieval; en el robot de compañía habita un espíritu ancestral; en el salaryman preexiste un samurái, y en el CEO un shogun; la sirvientita victoriana del maid-café repite ecos de la geisha; en la obediencia laboral sobrevuela el fantasma de Confucio; y en el minimalismo de la arquitectura de vanguardia está el vacío del zen.
La mirada de este viajero percibe una sociedad algo triste, atrapada en el cansancio laboral y en un panóptico digital de ilusoria libertad.

VARSAVSKY, JULIÁN - Japón desde una cápsula

$1.060,00
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Este relato de viaje por Japón pone el foco en la robótica, la virtualidad y la sexualidad: el cronista se aloja en un hotel atendido por robots, recorre el país por segunda vez, durante cuarenta días, durmiendo en hoteles cápsula; asiste al campeonato mundial de fútbol de robots, visita una universidad de robótica y una smart-house, y se sumerge en el submundo del ocio para solitarios y la tecnoerotización de la vida a través de muñecas y hologramas. Luego se acerca a la cultura pop del cosplay, el manga y el animé. Y tiene la sensación de alunizar.
Llegado a cierto punto, el caminante se detiene a pensar por las noches encerrado en hoteles cápsula: necesita conectar con lo subyacente y reactivar la mirada leyendo la obra del filósofo Byung-Chul Han. Y sufre un choque cultural al ver que, detrás de lo visible en la hipermodernidad japonesa, late una sacralidad milenaria configurada durante mil quinientos años, con una lógica muy potente, distinta a la del tecnocapitalismo occidental. Recorrer las ciudades japonesas es atravesar una distopía arcaico-futurista, una superficie high-tech bajo la cual perviven la raíz animista de la naturaleza del shinto, la impermanencia del zen y la ética samurái: Japón no es tan moderno como parece.
Detrás de un holograma humano y de una lolita del J-Pop, late una deidad; bajo el hotel cápsula hay una casa medieval; en el robot de compañía habita un espíritu ancestral; en el salaryman preexiste un samurái, y en el CEO un shogun; la sirvientita victoriana del maid-café repite ecos de la geisha; en la obediencia laboral sobrevuela el fantasma de Confucio; y en el minimalismo de la arquitectura de vanguardia está el vacío del zen.
La mirada de este viajero percibe una sociedad algo triste, atrapada en el cansancio laboral y en un panóptico digital de ilusoria libertad.