En la teoría de los humores, los antiguos hablaban de la bilis negra para referirse a las personas de temperamento sensible, cuyas tristezas se prolongaban en el tiempo. Atrabiliarios, les decían. Hipócrates los llamó melancólicos. Tiempo después, ya en el siglo XIX, el francés Esquirol difundió el concepto de monomanía y un amplio número de escritores –desde Melville hasta Maupassant— lo incorporaron en la construcción de sus personajes. En Buenos Aires, el tango fue la expresión que reflejó para siempre el ritmo urbano melancólico, de nocturnidad y tiempos perdidos. En esta línea, leo la poesía de Gabriel Solis. Con un corte de verso impecable, los poemas producen una sensación agridulce en el lector, de pena y belleza. Las comparaciones y metáforas que propone, ya desde el título, parecen expresar el devenir del hombre que, a través de rememoraciones y extrañamientos, descubre nuevos estados. “El éter sintoniza otra lengua / cada paso que doy confirma / que estoy equivocado”. El hombre suburbano se ha convertido en viajero y, pese al desarraigo y la pérdida, busca nuevos horizontes, porque “un salto al vacío también es una salida”. Todo el libro gira en torno a la misma tensión: ir y volver. A veces, se trata de lugares; a veces, de personas. Como si fuera un circulo inevitable. La virtud del poeta logra poner en palabras ese movimiento y la fugacidad de las cosas con cierto pesimismo y logradas figuraciones, como en el poema “Todo es tan fugaz”, que en sus primeros versos enuncia: “No se puede tapar el sol / con la palma de una vida”.

Juan Diego Incardona

SOLIS, GABRIEL - Memorias de un pez

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En la teoría de los humores, los antiguos hablaban de la bilis negra para referirse a las personas de temperamento sensible, cuyas tristezas se prolongaban en el tiempo. Atrabiliarios, les decían. Hipócrates los llamó melancólicos. Tiempo después, ya en el siglo XIX, el francés Esquirol difundió el concepto de monomanía y un amplio número de escritores –desde Melville hasta Maupassant— lo incorporaron en la construcción de sus personajes. En Buenos Aires, el tango fue la expresión que reflejó para siempre el ritmo urbano melancólico, de nocturnidad y tiempos perdidos. En esta línea, leo la poesía de Gabriel Solis. Con un corte de verso impecable, los poemas producen una sensación agridulce en el lector, de pena y belleza. Las comparaciones y metáforas que propone, ya desde el título, parecen expresar el devenir del hombre que, a través de rememoraciones y extrañamientos, descubre nuevos estados. “El éter sintoniza otra lengua / cada paso que doy confirma / que estoy equivocado”. El hombre suburbano se ha convertido en viajero y, pese al desarraigo y la pérdida, busca nuevos horizontes, porque “un salto al vacío también es una salida”. Todo el libro gira en torno a la misma tensión: ir y volver. A veces, se trata de lugares; a veces, de personas. Como si fuera un circulo inevitable. La virtud del poeta logra poner en palabras ese movimiento y la fugacidad de las cosas con cierto pesimismo y logradas figuraciones, como en el poema “Todo es tan fugaz”, que en sus primeros versos enuncia: “No se puede tapar el sol / con la palma de una vida”.

Juan Diego Incardona