"Cuando escribo hablo conmigo, escucho las voces. Decir que me dictan las musas sería mentir, que me habla el mundo, magnificar las cosas; que me silba el viento en el pecho, metaforizar una experiencia de trabajo arduo. Cuando escribo hablo conmigo: conversación y escucha, no mucho más. Y  a la hora de sentarme capto esa conversación interna que todo el tiempo tengo con la parte de mí que no cesa de hablarme; ponerlo en el papel me procura sensatez. Lo curioso es que cuando hablo con los otros también escribo, o mejor: las frases que voy armando en voz alta tienen la cadencia de mis conversaciones interiores, he aprendido a registrar eso. Después viene el oficio, el enmascaramiento, porque el pudor es fuerte y, mucho de lo que suelo decirme en silencio, es mejor que lo ponga en boca de otros". A.R.

ROMANO, ADRIANA - Los malos adioses

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"Cuando escribo hablo conmigo, escucho las voces. Decir que me dictan las musas sería mentir, que me habla el mundo, magnificar las cosas; que me silba el viento en el pecho, metaforizar una experiencia de trabajo arduo. Cuando escribo hablo conmigo: conversación y escucha, no mucho más. Y  a la hora de sentarme capto esa conversación interna que todo el tiempo tengo con la parte de mí que no cesa de hablarme; ponerlo en el papel me procura sensatez. Lo curioso es que cuando hablo con los otros también escribo, o mejor: las frases que voy armando en voz alta tienen la cadencia de mis conversaciones interiores, he aprendido a registrar eso. Después viene el oficio, el enmascaramiento, porque el pudor es fuerte y, mucho de lo que suelo decirme en silencio, es mejor que lo ponga en boca de otros". A.R.