La constelación lábil que despliega una vida, la escritura de esa vida: hitos y fragmentos donde se diluye la voz que relata, refulgen destellos y toman por asalto la posibilidad de una memoria. O la idea de una memoria. Ocho cuentos y un epílogo recorren más de seis décadas de pequeñas historias de encuentros, desencuentros y pasiones que acontecen y se apagan a través de su juego de máscaras y voces. Como una Scheherezade argenta y consciente de su pronto final, una abuela lega a su nieta este puñado de relatos: los entrega con manos abiertas. De entrada, la autoría se pone en jaque y se exhibe el artificio. Emblema de eso deviene esta abuela loba que ahora es Delia, pero supo ser Emma y Manuel, y fue responsable del bautismo de su nieta como Cecilia, en recuerdo de un amor. La inscripción de ese legado marca entrada y pertenencia a una estirpe indómita. Por ella transcurren cartas, grabaciones y puestas en abismo que abren una sucesión de cajas chinas tensadas por las citas -desde Quevedo o Keats a John Reed y Soda Stereo-. Con maestría, Los cuentos de la abuela loba traza un mundo rarificado donde la extrañeza se integra a lo real. O quizá, evidencia que eso que suponemos real, a fin de cuentas, irradia puro extrañamiento. Así, se tensionan pertenencias de género y clase, peronismo, hacer la calle y travestirse en pos de la libertad, también la memoria carcomida, una revolución campesina o despertarse en el cuerpo de un hombre y, como primera reacción, buscar un orgasmo inédito. En estallido y por momentos, esto potencia cada texto por el que Emma-Manuel-Delia va y viene en distintas posiciones. Leer este libro es correr con su jauría o, como alguna vez la abuela loba grabó: Pensé en mí. Tres veces en sesentipico de años. Pero ahora no fueron recuerdos parciales: llegó todo, desbordando. Desbordado y, a la vez, con una escritura de orfebrería amorosa, así se expande el universo al que Cecilia Rodríguez nos convoca con sus cuentos de la abuela loba.

-Andi Nachon

RODRIGUEZ, CECILIA - Los cuentos de la abuela loba

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La constelación lábil que despliega una vida, la escritura de esa vida: hitos y fragmentos donde se diluye la voz que relata, refulgen destellos y toman por asalto la posibilidad de una memoria. O la idea de una memoria. Ocho cuentos y un epílogo recorren más de seis décadas de pequeñas historias de encuentros, desencuentros y pasiones que acontecen y se apagan a través de su juego de máscaras y voces. Como una Scheherezade argenta y consciente de su pronto final, una abuela lega a su nieta este puñado de relatos: los entrega con manos abiertas. De entrada, la autoría se pone en jaque y se exhibe el artificio. Emblema de eso deviene esta abuela loba que ahora es Delia, pero supo ser Emma y Manuel, y fue responsable del bautismo de su nieta como Cecilia, en recuerdo de un amor. La inscripción de ese legado marca entrada y pertenencia a una estirpe indómita. Por ella transcurren cartas, grabaciones y puestas en abismo que abren una sucesión de cajas chinas tensadas por las citas -desde Quevedo o Keats a John Reed y Soda Stereo-. Con maestría, Los cuentos de la abuela loba traza un mundo rarificado donde la extrañeza se integra a lo real. O quizá, evidencia que eso que suponemos real, a fin de cuentas, irradia puro extrañamiento. Así, se tensionan pertenencias de género y clase, peronismo, hacer la calle y travestirse en pos de la libertad, también la memoria carcomida, una revolución campesina o despertarse en el cuerpo de un hombre y, como primera reacción, buscar un orgasmo inédito. En estallido y por momentos, esto potencia cada texto por el que Emma-Manuel-Delia va y viene en distintas posiciones. Leer este libro es correr con su jauría o, como alguna vez la abuela loba grabó: Pensé en mí. Tres veces en sesentipico de años. Pero ahora no fueron recuerdos parciales: llegó todo, desbordando. Desbordado y, a la vez, con una escritura de orfebrería amorosa, así se expande el universo al que Cecilia Rodríguez nos convoca con sus cuentos de la abuela loba.

-Andi Nachon