Los escalones que llevan a convertirnos en persona, por lo general vividos en cuotas, se funden perfectamente sin embargo unos en otros, formando una sola cosa inmanente; pasan, así como los años van dando la vuelta a la esquina, inconscientemente. Como todo, podemos decir. Si volvemos a mirar la escalera que nos dejó en este tercer piso del ser, a ras del filo, no vamos a poder distinguir los escalones, pero bueno… acá en este tercer piso algunas herramientas ya tenemos. Una de ellas es la poesía, herramienta maravillosa de lenguaje y hierro, de madera e idea, de sonido y paz; la poesía, herramienta informe que nos permite dar forma, tallar esos escalones, queridos y odiados a la vez, del trepar hacia una persona. De esto habla la serie de poesía que abre y termina por dar nombre al primer libro de León Pereyra (1985), un poeta alucinante que, por su labor incansable, ésta sí consciente y dedicada, de editar y acompañar durante años a otros autores en sus procesos (con Editorial Subpoesía y luego con Rama Dorada Casa Editora), esperó para poder mostrar su propia poesía. Por fin podemos leer, después de un tiempo prudencial, el color sepia, ligeramente avinagrado, de los versos de Algo que pruebe que existo y a partir de este primer paso, entonces, también conocer profundamente a una nueva voz de la poesía argentina, que ya vivía en ella y no lo sabíamos.

Sebastián Goyeneche

PEREYRA, LEÓN - Algo que pruebe que existo

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Los escalones que llevan a convertirnos en persona, por lo general vividos en cuotas, se funden perfectamente sin embargo unos en otros, formando una sola cosa inmanente; pasan, así como los años van dando la vuelta a la esquina, inconscientemente. Como todo, podemos decir. Si volvemos a mirar la escalera que nos dejó en este tercer piso del ser, a ras del filo, no vamos a poder distinguir los escalones, pero bueno… acá en este tercer piso algunas herramientas ya tenemos. Una de ellas es la poesía, herramienta maravillosa de lenguaje y hierro, de madera e idea, de sonido y paz; la poesía, herramienta informe que nos permite dar forma, tallar esos escalones, queridos y odiados a la vez, del trepar hacia una persona. De esto habla la serie de poesía que abre y termina por dar nombre al primer libro de León Pereyra (1985), un poeta alucinante que, por su labor incansable, ésta sí consciente y dedicada, de editar y acompañar durante años a otros autores en sus procesos (con Editorial Subpoesía y luego con Rama Dorada Casa Editora), esperó para poder mostrar su propia poesía. Por fin podemos leer, después de un tiempo prudencial, el color sepia, ligeramente avinagrado, de los versos de Algo que pruebe que existo y a partir de este primer paso, entonces, también conocer profundamente a una nueva voz de la poesía argentina, que ya vivía en ella y no lo sabíamos.

Sebastián Goyeneche