El primer libro de Nahuel Lardies parece responder a una fórmula simple. Poemas que giran en torno a diversos núcleos autobiográficos (el amor, la infancia, viajes, escenas en un campo, muertes, recuerdos e impresiones sueltas), y que van componiendo, con el correr de las páginas, menos las imágenes y momentos de un álbum fotográfico, como podría sugerir el título del volumen, que las piezas de un rompecabezas imposible. La pulsión y la trama autobiográficas tienen, sin embargo, varios dobleces aquí, y sustentan una indagación que desborda ampliamente lo personal. Porque las aventuras son siempre las aventuras de la forma, es decir de la idea, que en Lardies se manifiesta en términos de una confrontación entre opuestos: entre la ironía y el lirismo; entre la nitidez naturalista y el trance nebuloso de la memoria o la intuición; entre la entropía que planea tutelarmente sobre las cosas del libro, y la epifanía que surge, resuelta, en medio del recuerdo o la cotidianeidad. “Fulgor tiznado”: tizne y fulgor. Una poética de la entropía, de la decepción, incluso del desecho, que incluye también, felizmente, el movimiento inverso, iluminador y puntual. Como en ese verso misterioso: “Recordando el hábito/ que nos cegó a su brillo en la alacena”, donde lo que brilla no es sólo el cuenco o el recuerdo del cuenco, sino también, en una segunda lectura, el hábito mismo, devuelto a su extrañeza esencial. 

Miguel Ángel Petrecca

 

Álbum es un libro sobre las ruinas. Las ruinas de una relación, las ruinas del pasado familiar y las ruinas que son, antes de perderse, las cosas que están viendo los ojos. Todo lo que desaparece deja un rastro, hasta lo más mínimo: “Donde estaba la taza/hay un círculo negro”, se lee en el poema que abre el libro. En un verso de Álbum, el que habla se define a sí mismo como un “mitógrafo obsesivo”. Y lo es. Se mueve siempre entre dos tiempos, transforma en mito todo lo que toca: desde un cuenco blanco de porcelana, que se vuelve el objeto prehistórico de una relación, hasta los episodios de un viaje al mar. El pasado, pero también el presente, es una colección de imágenes petrificadas que se recorren con la vista, como dioramas. Alejado de los otros, la voz de Álbum enfrenta su soledad -“ensayo la vida a solas”-, trata de entender lo que pasó. Esa es, tal vez, su manera de prepararse para el futuro. 

Santiago Venturini

LARDIES, NAHUEL - Álbum

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El primer libro de Nahuel Lardies parece responder a una fórmula simple. Poemas que giran en torno a diversos núcleos autobiográficos (el amor, la infancia, viajes, escenas en un campo, muertes, recuerdos e impresiones sueltas), y que van componiendo, con el correr de las páginas, menos las imágenes y momentos de un álbum fotográfico, como podría sugerir el título del volumen, que las piezas de un rompecabezas imposible. La pulsión y la trama autobiográficas tienen, sin embargo, varios dobleces aquí, y sustentan una indagación que desborda ampliamente lo personal. Porque las aventuras son siempre las aventuras de la forma, es decir de la idea, que en Lardies se manifiesta en términos de una confrontación entre opuestos: entre la ironía y el lirismo; entre la nitidez naturalista y el trance nebuloso de la memoria o la intuición; entre la entropía que planea tutelarmente sobre las cosas del libro, y la epifanía que surge, resuelta, en medio del recuerdo o la cotidianeidad. “Fulgor tiznado”: tizne y fulgor. Una poética de la entropía, de la decepción, incluso del desecho, que incluye también, felizmente, el movimiento inverso, iluminador y puntual. Como en ese verso misterioso: “Recordando el hábito/ que nos cegó a su brillo en la alacena”, donde lo que brilla no es sólo el cuenco o el recuerdo del cuenco, sino también, en una segunda lectura, el hábito mismo, devuelto a su extrañeza esencial. 

Miguel Ángel Petrecca

 

Álbum es un libro sobre las ruinas. Las ruinas de una relación, las ruinas del pasado familiar y las ruinas que son, antes de perderse, las cosas que están viendo los ojos. Todo lo que desaparece deja un rastro, hasta lo más mínimo: “Donde estaba la taza/hay un círculo negro”, se lee en el poema que abre el libro. En un verso de Álbum, el que habla se define a sí mismo como un “mitógrafo obsesivo”. Y lo es. Se mueve siempre entre dos tiempos, transforma en mito todo lo que toca: desde un cuenco blanco de porcelana, que se vuelve el objeto prehistórico de una relación, hasta los episodios de un viaje al mar. El pasado, pero también el presente, es una colección de imágenes petrificadas que se recorren con la vista, como dioramas. Alejado de los otros, la voz de Álbum enfrenta su soledad -“ensayo la vida a solas”-, trata de entender lo que pasó. Esa es, tal vez, su manera de prepararse para el futuro. 

Santiago Venturini