EL VALOR DE LAS MONEDAS

Este libro está escrito en prosa, en verso y también en el idioma secreto de los mapas. Líneas de puntos, códigos para viajeros, perfectas simetrías, colores que dividen unas ciudades de las otras. En los textos hay alguien que se desplaza y en ese movimiento –“raramente lineal”, “nunca nunca acumulativo”– nos lleva consigo. Nueva York, Canadá, Berlín, Buenos Aires, Venecia y un pueblo natal que no es nombrado y que como todo lo verdaderamente importante, funciona por omisión. “Tu pueblo sostiene anónimamente el mundo” escribe, un verso certero como una flecha, entre los muchos versos lúcidos y transparentes que integran este libro. Es el primero de Luisina Gentile y posee la fuerza tímida de lo inaugural. Con esa sabiduría nueva se permite hacer las preguntas esenciales. Qué hace poeta a un poeta, para qué sirve verdaderamente la experiencia, si los desplazamientos en el mundo son hechos por el cuerpo o transcurren en un lugar mucho menos notable, empujados por el azar y el misterio y que ocasionalmente pueden aparecer y brillar, como en estos poemas.

Mercedes Halfon

 

Hay en la poesía de Luisina una sensibilidad que da cuenta de un mundo dóxico en el que no parece haber otros horizontes que no sean adaptativos, aunque se presente en las múltiples formas que el privilegio cultural posibilita. Un mundo con ausencia de mínimas alboradas que permitan esbozar alguna que otra esperanza. Porque todo parece decir que el mundo nuevo ya llegó; que no hay alternativa. Y es en ese mundo que se presenta como un rayo vertical sobre el presente en el que se da la pelea. Pelea que no implica adherir a sueños colectivos que a primera vista no existen, sino evitar la resignación de vivir en un cráter gigante impregnado por una poderosa indiferencia transformada en algo natural. Y, sobre todo, requiere no disimular la cosificación que implican las cercanas opciones exitosas. Aunque irremediablemente suponga asumir rasgos de extemporaneidad. Tanto al preguntarse por la relación entre la vida y la poesía, y entonces habilitarse a pensar “que hay más poetas que no escriben que escritores de poesía que sean poetas”, como al creer que “el sufrimiento que produce toda apertura a la experiencia”, consiste en el “accesos al verdadero saber”, o que “crecer es solo soltar/el punto de vista con el que te estás matando”.
Por eso el rechazo a la convencionalidad cotidiana y de la cultura no es una opción ideológica, sino una pura apuesta vital en la que se blanden sin prejuicios las armas que hay a mano. Y allí, la cita al más radical Almafuerte, la mención juguetona, pero en el fondo dramática a Frank O’Hara, o el tono gelmaniano del poema en el que se dialoga con Cátulo. Hay mucha fuerza en esa apuesta vital. En la escritura que es a la vez reflexiva, también coloquial, pero siempre contundente, y en las situaciones. En aquella en la que se “suelta” el privilegio de un departamento en Manhattan, o en la que se percibe la fetichización académica de la teoría queer. Y entonces la apuesta por el queer cotidiano, presente en el espíritu de todos los textos y que puede expresarse en el diálogo casi silencioso con un raro social en una lavandería, o en encuentros efímeros con los desacomodados por la cultura predominante en cualquiera de las calles de alguna gran ciudad.

Lucas Rubinich

GENTILE, LUISINA - El valor de las monedas

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EL VALOR DE LAS MONEDAS

Este libro está escrito en prosa, en verso y también en el idioma secreto de los mapas. Líneas de puntos, códigos para viajeros, perfectas simetrías, colores que dividen unas ciudades de las otras. En los textos hay alguien que se desplaza y en ese movimiento –“raramente lineal”, “nunca nunca acumulativo”– nos lleva consigo. Nueva York, Canadá, Berlín, Buenos Aires, Venecia y un pueblo natal que no es nombrado y que como todo lo verdaderamente importante, funciona por omisión. “Tu pueblo sostiene anónimamente el mundo” escribe, un verso certero como una flecha, entre los muchos versos lúcidos y transparentes que integran este libro. Es el primero de Luisina Gentile y posee la fuerza tímida de lo inaugural. Con esa sabiduría nueva se permite hacer las preguntas esenciales. Qué hace poeta a un poeta, para qué sirve verdaderamente la experiencia, si los desplazamientos en el mundo son hechos por el cuerpo o transcurren en un lugar mucho menos notable, empujados por el azar y el misterio y que ocasionalmente pueden aparecer y brillar, como en estos poemas.

Mercedes Halfon

 

Hay en la poesía de Luisina una sensibilidad que da cuenta de un mundo dóxico en el que no parece haber otros horizontes que no sean adaptativos, aunque se presente en las múltiples formas que el privilegio cultural posibilita. Un mundo con ausencia de mínimas alboradas que permitan esbozar alguna que otra esperanza. Porque todo parece decir que el mundo nuevo ya llegó; que no hay alternativa. Y es en ese mundo que se presenta como un rayo vertical sobre el presente en el que se da la pelea. Pelea que no implica adherir a sueños colectivos que a primera vista no existen, sino evitar la resignación de vivir en un cráter gigante impregnado por una poderosa indiferencia transformada en algo natural. Y, sobre todo, requiere no disimular la cosificación que implican las cercanas opciones exitosas. Aunque irremediablemente suponga asumir rasgos de extemporaneidad. Tanto al preguntarse por la relación entre la vida y la poesía, y entonces habilitarse a pensar “que hay más poetas que no escriben que escritores de poesía que sean poetas”, como al creer que “el sufrimiento que produce toda apertura a la experiencia”, consiste en el “accesos al verdadero saber”, o que “crecer es solo soltar/el punto de vista con el que te estás matando”.
Por eso el rechazo a la convencionalidad cotidiana y de la cultura no es una opción ideológica, sino una pura apuesta vital en la que se blanden sin prejuicios las armas que hay a mano. Y allí, la cita al más radical Almafuerte, la mención juguetona, pero en el fondo dramática a Frank O’Hara, o el tono gelmaniano del poema en el que se dialoga con Cátulo. Hay mucha fuerza en esa apuesta vital. En la escritura que es a la vez reflexiva, también coloquial, pero siempre contundente, y en las situaciones. En aquella en la que se “suelta” el privilegio de un departamento en Manhattan, o en la que se percibe la fetichización académica de la teoría queer. Y entonces la apuesta por el queer cotidiano, presente en el espíritu de todos los textos y que puede expresarse en el diálogo casi silencioso con un raro social en una lavandería, o en encuentros efímeros con los desacomodados por la cultura predominante en cualquiera de las calles de alguna gran ciudad.

Lucas Rubinich