Cuántas aventuras nos aguardan es el viaje de una mujer adentrándose con ojos de expedicionaria en la selva de todos los días. Como en los sueños, el paisaje se va construyendo, fragmentario, a partir de diálogos, recuerdos o viñetas que confluyen caprichosamente bajo la mirada vigilante de quien debe cruzar una cañada en la que habita un yacaré o internarse en un monte salvaje. Es un terreno de espejos rotos, donde el mayor peligro es entrever a quienes podríamos haber sido o, incluso peor, a quienes ya somos.

Inés Bortagaray rompe el silencio de más de una década con un prólogo o limbo de las novelas abandonadas que prepara el itinerario de este libro. Con su voz poderosa y personalísima, vuelve a fabricar literatura de la mejor con la sustancia primaria de la que están hechas las miserias más íntimas y los pequeños triunfos cotidianos.

«Lo que pienso es que en las últimas diez mesas multitudinarias escuché qué hermosa la juventud y qué espantoso es que el tiempo pase, odio cumplir años, qué feo que es cumplir, me siento viejo, me siento vieja, soy viejo, soy vieja, qué desventura la vejez. Y pienso que la única manera de no hacerse viejo es morirse joven. ¿Quieren morirse jóvenes y jactanciosos de tanta enorme fortuna juvenil? Pues háganlo.»

BORTAGARAY, INÉS - Cuántas aventuras nos aguardan

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Cuántas aventuras nos aguardan es el viaje de una mujer adentrándose con ojos de expedicionaria en la selva de todos los días. Como en los sueños, el paisaje se va construyendo, fragmentario, a partir de diálogos, recuerdos o viñetas que confluyen caprichosamente bajo la mirada vigilante de quien debe cruzar una cañada en la que habita un yacaré o internarse en un monte salvaje. Es un terreno de espejos rotos, donde el mayor peligro es entrever a quienes podríamos haber sido o, incluso peor, a quienes ya somos.

Inés Bortagaray rompe el silencio de más de una década con un prólogo o limbo de las novelas abandonadas que prepara el itinerario de este libro. Con su voz poderosa y personalísima, vuelve a fabricar literatura de la mejor con la sustancia primaria de la que están hechas las miserias más íntimas y los pequeños triunfos cotidianos.

«Lo que pienso es que en las últimas diez mesas multitudinarias escuché qué hermosa la juventud y qué espantoso es que el tiempo pase, odio cumplir años, qué feo que es cumplir, me siento viejo, me siento vieja, soy viejo, soy vieja, qué desventura la vejez. Y pienso que la única manera de no hacerse viejo es morirse joven. ¿Quieren morirse jóvenes y jactanciosos de tanta enorme fortuna juvenil? Pues háganlo.»