La existencia de una edad de oro es, ante todo, un sueño, un largo sueño humano que inventa en el origen un tiempo de armonía, belleza y abundancia. Pero, en La edad dorada, publicado por primera vez en 2003, Diana Bellessi no buscó recuperar esa sombra de oro que atraviesa los siglos hasta hoy, sino cantar en sus jirones con la voz de los corderos. "Los corderos cantan y voy con ellos, / consagran la tierra vuelta rumor / Donde hay memoria de la matanza hay / un corazón que renace hablando / cavado en la piedra del viviente mar."
Lo áureo en la edad de estos poemas no viene, entonces, de la forma consagrada de un mito, sino de "la vida que tiembla en transformación" y, por lo tanto, aunque no escapa ni a la caducidad ni a la muerte, entrega, amorosa, una promesa renovada. La acción de dar las gracias envuelve así un acto de memoria, que es a la vez histórica y plenamente humana; eucaristía que recuerda a los corderos su verdadero triunfo sobre la muerte: "Salimos a la Plaza sin los cuerpos, siluetas / en nuestros brazos. Memoria y justicia, / no cadáver, sostuvieron aquellos / años".
Tejida en la lírica descarnada "del humano que resiste / en el seno de su propia / destrucción", la poesía de Bellessi no busca refugiarse en un in illo tempore anterior a que la fuerza quedara como ley, sino que entra a la historia con todo su dolor y su tragedia, y su potencia generativa, porque "La edad dorada se roza en la juntura / de lo que cae y lo que nace". Cantar con la voz de los corderos es, por lo tanto, entrar a un acto de comunión, "volverse... / ...verso viviente / con los demás". De ese "acto / siempre impuro porque toca, al otro / y vuelve a mí", del amor, y de su peculiar formaje atemporalidad, está urdida también la trama de esos versos que, en estos tiempos oscuros, vuelven para recordarnos "lo transparente / cincelado en una música, / lo mejor del corazón".
Nuestra edad de oro está hecha, dirá Bellessi, de todo lo que vive, de lo humano, de lo sufriente, de lo histórico. Nuestra edad de oro está en el futuro.
Sonia Scarabelli

BELLESSI, DIANA - La edad dorada

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La existencia de una edad de oro es, ante todo, un sueño, un largo sueño humano que inventa en el origen un tiempo de armonía, belleza y abundancia. Pero, en La edad dorada, publicado por primera vez en 2003, Diana Bellessi no buscó recuperar esa sombra de oro que atraviesa los siglos hasta hoy, sino cantar en sus jirones con la voz de los corderos. "Los corderos cantan y voy con ellos, / consagran la tierra vuelta rumor / Donde hay memoria de la matanza hay / un corazón que renace hablando / cavado en la piedra del viviente mar."
Lo áureo en la edad de estos poemas no viene, entonces, de la forma consagrada de un mito, sino de "la vida que tiembla en transformación" y, por lo tanto, aunque no escapa ni a la caducidad ni a la muerte, entrega, amorosa, una promesa renovada. La acción de dar las gracias envuelve así un acto de memoria, que es a la vez histórica y plenamente humana; eucaristía que recuerda a los corderos su verdadero triunfo sobre la muerte: "Salimos a la Plaza sin los cuerpos, siluetas / en nuestros brazos. Memoria y justicia, / no cadáver, sostuvieron aquellos / años".
Tejida en la lírica descarnada "del humano que resiste / en el seno de su propia / destrucción", la poesía de Bellessi no busca refugiarse en un in illo tempore anterior a que la fuerza quedara como ley, sino que entra a la historia con todo su dolor y su tragedia, y su potencia generativa, porque "La edad dorada se roza en la juntura / de lo que cae y lo que nace". Cantar con la voz de los corderos es, por lo tanto, entrar a un acto de comunión, "volverse... / ...verso viviente / con los demás". De ese "acto / siempre impuro porque toca, al otro / y vuelve a mí", del amor, y de su peculiar formaje atemporalidad, está urdida también la trama de esos versos que, en estos tiempos oscuros, vuelven para recordarnos "lo transparente / cincelado en una música, / lo mejor del corazón".
Nuestra edad de oro está hecha, dirá Bellessi, de todo lo que vive, de lo humano, de lo sufriente, de lo histórico. Nuestra edad de oro está en el futuro.
Sonia Scarabelli