Este es un libro escrito cerca de la piel. Como texto filosófico puede llamar la atención, porque Sara Ahmed revela muchos detalles de su historia íntima: la importancia de su tía feminista, las dificultades del matrimonio interracial de sus padres y los motivos de la renuncia a su puesto docente en Goldsmiths cuando ignoraron el problema del acoso sexual en la institución. Esta estrategia de escritura es parte de un proyecto epistemológico para el cual el conocimiento que se construye en la práctica es tan importante y complejo como el conocimiento teórico. El feminismo, dice Ahmed, es un trabajo que se hace en casa, sea cual sea tu casa; tu hogar, tu universidad, tu ámbito laboral, tu comunidad, tu grupo de amistades.
En Vivir una vida feminista Ahmed identifica dos figuras que le sirven para profundizar su análisis en términos afectivos y políticos, y que son fundamentales para reflexionar sobre el rol del feminismo en Latinoamérica. La primera es la del “extraño peligroso”: una noción que supone que la violencia siempre viene del afuera y no de lo familiar, y que divide, con su fuerza disciplinadora, a los sujetos “sospechosos” de las mujeres educadas para ser cautas y asustadizas. Como autora marrón, mestiza, y de clase media, Ahmed supo estar de los dos lados: desde allí señala que las narrativas con las que nos criaron están fundadas en imaginarios sexistas y racistas, ante los que debemos estar alertas para procurar no ser cooptadas por las derechas y el punitivismo. La otra figura es la “feminista aguafiestas”, que cuestiona a quienes están a gusto en un mundo plagado de injusticias y con la que Ahmed indica que la resistencia es posible y poderosa. Ser una aguafiestas no es fácil; pagamos costos económicos, laborales, políticos e incluso afectivos por ponernos en ese rol, pero como feministas estamos dispuestas a ser las que se niegan a reconciliarse y a olvidar lo que es inolvidable. Las feministas aguafiestas se rompen, y romperse para Ahmed es mucho más que dejarse romper: el concepto clave del “quiebre feminista” se refiere a esas rupturas que nos fortalecen y nos sensibilizan, un resquebrajamiento que nos hiere pero también nos da la certeza de que estamos arrojadas a un mundo, mezcladas con lo vivo. Vivir una vida feminista se trata de habitar esa paradoja: la dificultad de estar en contacto con un mundo que nos duele y la esperanza infeliz de, justamente por eso, poder transformarlo.

Tamara Tenenbaum

AHMED, SARA - Vivir una vida feminista

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Este es un libro escrito cerca de la piel. Como texto filosófico puede llamar la atención, porque Sara Ahmed revela muchos detalles de su historia íntima: la importancia de su tía feminista, las dificultades del matrimonio interracial de sus padres y los motivos de la renuncia a su puesto docente en Goldsmiths cuando ignoraron el problema del acoso sexual en la institución. Esta estrategia de escritura es parte de un proyecto epistemológico para el cual el conocimiento que se construye en la práctica es tan importante y complejo como el conocimiento teórico. El feminismo, dice Ahmed, es un trabajo que se hace en casa, sea cual sea tu casa; tu hogar, tu universidad, tu ámbito laboral, tu comunidad, tu grupo de amistades.
En Vivir una vida feminista Ahmed identifica dos figuras que le sirven para profundizar su análisis en términos afectivos y políticos, y que son fundamentales para reflexionar sobre el rol del feminismo en Latinoamérica. La primera es la del “extraño peligroso”: una noción que supone que la violencia siempre viene del afuera y no de lo familiar, y que divide, con su fuerza disciplinadora, a los sujetos “sospechosos” de las mujeres educadas para ser cautas y asustadizas. Como autora marrón, mestiza, y de clase media, Ahmed supo estar de los dos lados: desde allí señala que las narrativas con las que nos criaron están fundadas en imaginarios sexistas y racistas, ante los que debemos estar alertas para procurar no ser cooptadas por las derechas y el punitivismo. La otra figura es la “feminista aguafiestas”, que cuestiona a quienes están a gusto en un mundo plagado de injusticias y con la que Ahmed indica que la resistencia es posible y poderosa. Ser una aguafiestas no es fácil; pagamos costos económicos, laborales, políticos e incluso afectivos por ponernos en ese rol, pero como feministas estamos dispuestas a ser las que se niegan a reconciliarse y a olvidar lo que es inolvidable. Las feministas aguafiestas se rompen, y romperse para Ahmed es mucho más que dejarse romper: el concepto clave del “quiebre feminista” se refiere a esas rupturas que nos fortalecen y nos sensibilizan, un resquebrajamiento que nos hiere pero también nos da la certeza de que estamos arrojadas a un mundo, mezcladas con lo vivo. Vivir una vida feminista se trata de habitar esa paradoja: la dificultad de estar en contacto con un mundo que nos duele y la esperanza infeliz de, justamente por eso, poder transformarlo.

Tamara Tenenbaum