En diciembre de 2010, la autoinmolación del tunecino Mohamed Bouazizi, en protesta por el atropello policial sufrido mientras intentaba vender naranjas, encendió la mecha de un descontento estructural y detonó la serie de levantamientos populares en el Norte de Africa y Oriente Medio conocidos como la "Primavera árabe".

Durante 2011, este estallido de protestas en Túnez se extendió en pocas semanas a Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Marruecos, Líbano, Mauritania, Argelia y Siria, y derribó tres gobiernos: el de Hosni Mubarak en Egipto, el de Muammar al Gadafi en Libia y el de Zine El Abidine Ben Ali en Túnez.

El fenómeno ubicó a los artistas de esas sociedades frente a una serie apremiante de cuestionamientos: no solo por lo que implicaba para sus propias producciones, sino porque una de las primeras y más famosas bajas fue el artista egipcio de medios digitales Ahmed Basiony, baleado por francotiradores en la Plaza Tahrir.

La Primavera árabe y el invierno del desencanto reúne textos heterogéneos, contradictorios entre sí, de artistas y teóricos del arte que intentan pensar —a partir de obras, exhibiciones, bienales— la vulnerabilidad, el enojo y la euforia en relación con sus trabajos, las expectativas y estrategias desplegadas por parte de Occidente para traducir esas experiencias a un lenguaje artístico y periodístico fácil de encuadrar, la compleja superposición del arte contemporáneo y el activismo mediático, y la industria artística generada alrededor de la revolución.

En la digestión constante de productos lanzados al circuito del arte contemporáneo, pocos eventos logran replantear cómo se mastica la cultura visual. Los acontecimientos de 2011 y su posterior desarrollo traen preguntas y heridas aún irresueltas, es decir, vivas.

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En diciembre de 2010, la autoinmolación del tunecino Mohamed Bouazizi, en protesta por el atropello policial sufrido mientras intentaba vender naranjas, encendió la mecha de un descontento estructural y detonó la serie de levantamientos populares en el Norte de Africa y Oriente Medio conocidos como la "Primavera árabe".

Durante 2011, este estallido de protestas en Túnez se extendió en pocas semanas a Egipto, Yemen, Bahréin, Libia, Marruecos, Líbano, Mauritania, Argelia y Siria, y derribó tres gobiernos: el de Hosni Mubarak en Egipto, el de Muammar al Gadafi en Libia y el de Zine El Abidine Ben Ali en Túnez.

El fenómeno ubicó a los artistas de esas sociedades frente a una serie apremiante de cuestionamientos: no solo por lo que implicaba para sus propias producciones, sino porque una de las primeras y más famosas bajas fue el artista egipcio de medios digitales Ahmed Basiony, baleado por francotiradores en la Plaza Tahrir.

La Primavera árabe y el invierno del desencanto reúne textos heterogéneos, contradictorios entre sí, de artistas y teóricos del arte que intentan pensar —a partir de obras, exhibiciones, bienales— la vulnerabilidad, el enojo y la euforia en relación con sus trabajos, las expectativas y estrategias desplegadas por parte de Occidente para traducir esas experiencias a un lenguaje artístico y periodístico fácil de encuadrar, la compleja superposición del arte contemporáneo y el activismo mediático, y la industria artística generada alrededor de la revolución.

En la digestión constante de productos lanzados al circuito del arte contemporáneo, pocos eventos logran replantear cómo se mastica la cultura visual. Los acontecimientos de 2011 y su posterior desarrollo traen preguntas y heridas aún irresueltas, es decir, vivas.