"Hay dos tipos de escrituras: las que se leen y las que se viven. En un radio de diez cuadras, Flor Monfort arma una adolescencia llena de inmoralidad y aroma a borsch recién hecho. De repente en una frase ocurren prodigios gramaticales inesperados, casi líricos; de repente aparecen palabras que ya no se usan y ella las reinventa.  Las Rusas son las mujeres de la familia, son las que niegan todo. La de este libro es una literatura del detalle pero, mucho más que un plano detalle del cine, es toda una semántica cinematográfica vuelta literatura.

En Las Rusas hay un modo de pensar la memoria de las familias de clase media bien, las casas que se levantan, las madres y madrastras, las madres que se van a cruceros y vuelven con regalos, la pareja imaginaria que son los padres, los años del colegio, todo visto desde un telescopio que muestra infancia y adultez en un ensayo de lo mismo, en un montaje original entre el primer sexo y las primeras muertes, como una secuencia donde la cámara va de la cama mojada a la tumba.

Lloré cuando lo leí, sentí el gusto de golosinas que ya no existen, volví a ser manoseada como una chica de doce años, reviví la muerte de mi abuela. Y también me olvidé por completo de que tenía que escribir esta contratapa. No creo en la utilidad de las contratapas ni en las fórmulas para escribirlas. Es más, odio las contratapas y los clichés de los elogios literarios, ahora mismo odio todo lo que no sea este libro."

Ariana Harwicz

MONFORT, FLOR - Las Rusas
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"Hay dos tipos de escrituras: las que se leen y las que se viven. En un radio de diez cuadras, Flor Monfort arma una adolescencia llena de inmoralidad y aroma a borsch recién hecho. De repente en una frase ocurren prodigios gramaticales inesperados, casi líricos; de repente aparecen palabras que ya no se usan y ella las reinventa.  Las Rusas son las mujeres de la familia, son las que niegan todo. La de este libro es una literatura del detalle pero, mucho más que un plano detalle del cine, es toda una semántica cinematográfica vuelta literatura.

En Las Rusas hay un modo de pensar la memoria de las familias de clase media bien, las casas que se levantan, las madres y madrastras, las madres que se van a cruceros y vuelven con regalos, la pareja imaginaria que son los padres, los años del colegio, todo visto desde un telescopio que muestra infancia y adultez en un ensayo de lo mismo, en un montaje original entre el primer sexo y las primeras muertes, como una secuencia donde la cámara va de la cama mojada a la tumba.

Lloré cuando lo leí, sentí el gusto de golosinas que ya no existen, volví a ser manoseada como una chica de doce años, reviví la muerte de mi abuela. Y también me olvidé por completo de que tenía que escribir esta contratapa. No creo en la utilidad de las contratapas ni en las fórmulas para escribirlas. Es más, odio las contratapas y los clichés de los elogios literarios, ahora mismo odio todo lo que no sea este libro."

Ariana Harwicz